Silencioso

artur-en realidad no me importa.

(silencio)

nunca tengo nada que hacer el fin de semana, así al menos conozco gente y terminada la jornada me pagan la comida.

(silencio)

me encantan los restaurantes de menú, ¿a ti no?.

la carne no es muy buena pero siempre viene servida con mucha salsa, roquefort… pimienta… balsámico con cebolla…

(silencio)

mi madre no cocinaba así. era más de guisos, me hacía la comida cuando vivía con ella. estaba muy orgullosa de mí, hizo llorar a todas las vecinas con lo del despido. luego falleció. de pena, imagino. me veía ya colocado, allí, regando sus geranios. es que antes trabajaba en una empresa de seguros. solydia seguros ¿la conoces? era muy famosa. estaba en la agencia de lorca y me pasaba el día grapando papeles con los problemas de la gente que ni leía. un día quebró y me fui a la calle. a algunos compañeros los trajeron a madrid a mejores puestos pero yo ni siquiera pedí que me reubicaran. cobré el finiquito, me lo gasté en una alfombra para mi madre, y en un par de putas el domingo.

(silencio)

¿a ti te gusta madrid? seguro que sí, aunque no es lo mismo si no tienes con quien salir. había una chica muy dispuesta en las últimas películas. hablaba con unos y con otros y decía que madrid era para estar en la calle. una ciudad maravillosa. guapa. la chica, digo. recordaba mi nombre y lo pronunciaba con todas sus letras cuando me pedía algo.             a r t u r.

(silencio)

huele bien ese café que te estás tomando. yo también me pediría uno si me gustara el café ¿le echas azúcar? a mí no me gusta el azúcar. ni la leche. ni el colacao. ni las infusiones variadas que compran las mujeres. la del relax, la digestiva, la de la línea… mi compañera de piso siempre está paseándose con una en la mano. nos cruzamos por las mañanas y me roza el muslo con la mano izquierda, mientras con la derecha sostiene la taza. ni me habla. ni me mira. creo que le molesto. a mí me encantaría abrazarla porque huele a flores, a perfume, a ducha, a tierra cuando llueve, a zumo de naranja, a todo eso y más, y en tanto lo pienso tengo una erección, pero ella ya está saliendo por la puerta y yo entro en la cocina y no sé qué desayunar.

(silencio)

¿crees que mi nombre es difícil de recordar? normalmente me dicen “el pipa” o, “el chino” o, “el mutis” o “eh tú”. no es que la gente se fije en mí, no soy más que un patán y sí, normalmente ni me afeito, pero aquel día ella se acordó de mi nombre y yo fui feliz.

(silencio)

este fin de semana me salió otra cosa, no era una película pero también había cámaras, y eléctricos y algún estúpido dando órdenes y alguna imbécil llamando la atención. el sábado a las 8 de la mañana ya estaba cargando y descargando. y el cable amarillo va a este lado y el rojo al otro y retira la escalera y enciende una bombilla y tómate una cerveza mientras miras el escote de la cachonda que canta porque el ritual no está completo si no dices un vocablo guarro.

(silencio)

por cierto tú estás muy buena, seguro que tienes los pezones marbú, enormes y dorados como las galletas, los puedo intuir bajo tu camiseta… y tendrás el coño peludo, espero, con los labios bien grandes para que me acaricien bien la polla al follar, ¿porque vamos a hacerlo ya no?

(silencio)

mejor aquí… me da asco la moqueta pero corremos menos riesgos…

(silencio)

un día ella se enteró y seguro que le pareció fatal pero dijo: a r t u r, es normal, y habló de labor social y de necesidad humana “comocualquierotra” y de incapacidad, y de lo extraordinariamente castiza que es la calle montera, sí, precioso madrid. y entonces yo dejé de ser chino, mutis, tú, o a r t u r y fui obra de caridad

(silencio)

…me importó un pimiento porque en ese momento por lo menos me hablaste, y me miraste, público mediante claro, y hasta me acariciaste el pelo casi con ternura, aunque luego en casa sólo dijeras: “eh tú”, te toca limpiar los hornillos.

(silencio)

te quiero. aunque a veces me hables, aunque a veces me ignores.

…………………………………………………

paola- ya se me ha hecho tarde. y aún no he comido. y no tengo un pavo, y aún no sé cómo voy a volver a casa porque el coche está en el mecánico y aún no sé cómo voy a acabar el mes porque esta ciudad cada vez se hace más insoportable y tú me estás sangrando una pasta que no tengo, y porque cuando no estoy aquí estoy en la calle dejándome el sueldo en cañas y aceitunas.

(silencio)

si al final van a tener razón mis hermanos, que aquí ya no se puede vivir, que si contaminación que si gente que si peligros que si cuenca es la hostia. como se nota que no son hijos de mi padre, en cuanto decidió dejarnos la herencia en vida, se compraron un adosado y se largaron a toda leche, sin ni siquiera preguntarle si le haría ilusión que criara a sus nietos. y así, navidad tras navidad.

(silencio)

hace poco alquilé una habitación por 400 euros. en fin, decir habitación es decir mucho, pero el tipo es un poco raro así que será un martirio mutuo un par de meses, liquidaré mis deudas y asunto resuelto.

(silencio)

¿te estás tomando una ensalada césar? ¿con anchoas, pan frito y vinagre de módena? que manía con el vinagre de módena, es como el kétchup de los platos ligeros. donde esté un estofado de toda la vida… es que ahora nos tragamos cualquier cosa que te sirvan en un cuenco con tal de que tenga muchos colores y una buena cantidad de grasa y carbohidratos.

(silencio)

y no puedo evitarlo pero me da asco. el tipo que vive en mi casa, apunto, no conmigo, que son cosas distintas. no soporto que sea tan miserable, tan infeliz, tan poca cosa, tan pusilánime. yo creo que hasta le cuesta hablar. por eso me evita y nunca entra a la cocina por las mañanas. espera a que salga yo, se cruza y se queda mirando mi té de jazmín como atontado, a lo mejor es uno de esos maricas ocultos en un físico desgraciado, qué se yo…

(silencio)

luego está el tío del curro, que es un animal pero me pone. joder, me pone. y mira que es cerdo el tío, siempre con la grasilla esa en las comisuras de la boca y de los párpados. me dan ganas de lavarlo y follármelo con rabia. artur. es que tiene nombre de héroe rural, pajillero, orondo y putero. pero no hay tu tía, me pone cachonda qué se le va a hacer. seguro que me veja o algo así, acostumbrado a ir de club en club. no habrá tenido una relación normal en su vida.

(silencio)

mi primera vez fue fascinante. claro que fue sucio, y yo era una pardilla… pero de algún modo lo fue. era el tío más bueno del instituto y tenía mucha experiencia así que supongo que sabía lo que hacía.

(silencio)

aunque me dolió. me dolió de veras.

(silencio)

la segunda vez (no con el mismo, por supuesto) ya fue en la universidad. la tenía tan grande que resolvimos no ser compatibles porque cada vez que la metía me cortaba la digestión. jueves que me follaba, tres días de estreñimiento y un cuarto de cagalera.

(silencio)

¿menudo almuerzo te estoy dando no? y yo sin comer todavía… no gracias, me haré una tortilla francesa cuando llegue a casa. huevos y queso. comida de batalla. que no falte.

(silencio)

y que más da, me da igual, si al final me ahogo empiezo a vender cosas y punto. los marcos de plata con foto de primeras comuniones, las vajillas de fiesta, la alfombra que le regaló a mi madre cuando le despidieron… ¿oye tú podrías hacerme un descuento no?

(silencio)

…no me lo tomes en cuenta, tú por lo menos escuchas, no como él, que se deja chupar mi mejora para que luego le llamen misántropo porque de vez en cuando se de una alegría…

(silencio)

pobre víctima de sus continuas justificaciones. de las que se inventan ellos claro. que digo yo que hacerle de vez en cuando una tortilla, afeitarlo o desayunar con él los domingos no es tanto pedir ¿no?

(silencio)

¿quién yo? a mí no me importa, lo que me da es rabia… me encantaría menearlo para que sacara un poco de mala hostia, darle una ducha. a lo mejor así me huele igual dentro que fuera de casa.

(silencio)

a lo mejor así le quiero igual cuando estoy con él, que cuando no le veo.

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“Hoy tu pluma brillará”

Pamela Morley con las víctimas del cabaret…

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Esplendor que persiste en el recuerdo

Sueño divertido. Estoy en la cocina con mi hermana, la radio suena de fondo, y comemos huevos fritos con patatas. Yo estoy enfadada porque la abuela hace demasiado las yemas y las patatas a veces flotan en aceite y no puedo mojar y la clara no me gusta porque no tiene puntilla y seguro que estoy estreñida porque en aquella época me aguantaba la caca porque me daba gustito así que vete tú a saber. La abuela con su enorme paciencia aguanta mis sandeces, y mi hermana come en silencio, con su abrigo de conejo puesto. En la radio suenan los anuncios de las defunciones del día, con sus consecutivas pompas fúnebres y sus “hijos, nietos, primos y demás familia ruegan por su alma y bla bla…” que es lo único que por el momento mi pequeño cerebro consigue memorizar. Entonces anuncian el nombre y apellido del abuelo que acaba de fallecer en no sé qué hospital y a mí se me abren los ojos enormemente… y anhelo fervientemente que lo digan… en la radio…expectante… y cuando por fin suena en “nietas” mi nombre exclamo casi eufórica:

“¡Hemos salido por la radio!”

Mi hermana tiene unas orejitas como las de playboy pero gachas y la abuela ya no tiene rostro.

Pero esa no fue la muerte de mi abuelo. El abuelo se fue corriendo por el puente del progreso medio cojo, con la mano llena de caramelos que nos había dado. Mi hermana lo despedía bajo el sol de junio, enfundada en su abrigo de conejo. Ella era su favorita y yo creía que ese conejo se lo había cazado él y lo había enviado a la modista. Y yo lloraba en silencio porque me daba pena porque era viejo y porque cuando tenía pedos manchaba con palomitas los calzones.

Sueño blandito. Me vuelvo a acurrucar sobre su vientre calentito. Mi cabeza entre sus pechos caídos pero que huelen a patena, la piel de mi cara en contacto con su bata azul, raída de tanto fregoteo. Mi hermana está sentada en el suelo viendo “El espinete” y tirando en la alfombra las migas de un bocadillo de mortadela. Oigo como rugen sus tripas. Tiene flato y nunca lo confiesa pero no importa porque no mancha aunque es vieja, y aunque suene, nadie la va a señalar en el colegio.

De ella me despedí un año antes de que en realidad se fuera. Yo tenía diecisiete y estaba más pendiente de mi virgo que de nuestras charlas. Y ese enorme silencio inundó la palabra que algún día existió entre ella y yo. Fue un triste adiós historiado.

Recuerdo la muerte de mi abuela. Tan dulce. Tan galvánica. Ella tomó mi mano y me dijo que no podía comer, porque todo le sabía mal. Le pedí que abriera la boca. Su lengua estaba pajiza. Tenía como una capa gruesa de algo viscoso. Era ya la placenta de un ángel. Yo era tan inocente que me ofrecí a limpiársela. Cogí un frasco de Oraldine y con un algodón froté y froté. Ella la estiraba a petición mía. Era la lengua más larga del mundo, si cierro los ojos todavía puedo recordarla haciendo el enorme sobreesfuerzo de su último aliento. Su muerte me dedicaba una última blasfemia.

Retiré los algodones, quise cortarle las uñas. Le prometí que le haría los pies, como había hecho tantas otras veces. Con esas tenazas tan xeitosas y que tan poco costaban. Lo dije y no me arrepiento, pero ahora que lo escribo siento vergüenza de pensar que hacía más de un año que no lo hacía. Más de un año que la oía y no la escuchaba. Nuestra barca había partido hacía meses y allí estaba yo haciendo absurdas promesas mientras el cuadro se pintaba solo.

Ahora sí abuela. Perdóname, pero ahora ya puedes hablar….

Aquel día también habló. Y contó a los vivos, a todos los de su familia que no habían fallecido, para saber a quién tenía que buscar en el reino de los muertos. A eso yo lo llamo un arrebato de fe.

Cinco minutos después vi como se apagaba el tendido eléctrico. La tele, la luz, el microondas y la nevera. La vida que se me escapaba por el quicio de la puerta.

Pasó. Y lo único que pude hacer por ella fue ponerle su último vestido. Ni siquiera uno bueno aunque era el de mi bautizo y de mi comunión. Moda imperecedera.

Y así se fueron, ellos y sus historias, y me dejaron varada en medio de esta paradoja de vida, esperando a la razón que duerme…

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Stand by

Historias que den dinero… historias que den dinero… Hasta nueva orden.

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Brigitte, mi prima y Barcelona…

-Madre, hace tiempo que no escribo mis oraciones…

-¿Por qué hija mía? ¿Es que acaso ya no te excitas con tus propias palabras?

-No le sé madre, no lo sé…  quizá ya no soy la protagonista de mi propia vida, siento como si hablara por otro que no soy yo…

-¡Claro hija mía, somos todos los altavoces del señor!

-Sí madre sí, pero hoy, no siento la voz del gran Dios, hoy… hoy… mmm…aaa… aach… taachiss… tachisnk… tachenko!

-¡Jesús hija mía!

-¡Madre, ha tomado el nombre de Dios en vano!

-Ay hija querida, ¿todavía no te sabes el cuento de la trilogía?

-¿La de las galaxias? Madre… ¿ no quedamos en que somos hijos de Adán y no de los monos?

-¡Qué cacao tienes hija! Hablo de lo del padre Dios, hijo Jesús y espíritu santo, paloma.

-Madre… eso era el misterio de la trinidad…

-….mmm… puede que hoy no haya tomado la pastilla para la memoria…

-Bueno madre, ¿podemos volver a mis miserias mundanas?

-Sí claro, ¿por dónde íbamos?

-En que usted me iba a dejar salir a la calle…

-Comprendo… ejem…Hija… quizá necesites dejarnos por un tiempo, ver el bullarengue que se gesta ahí fuera. Quizá ésta no sea vida para ti… no está hecha para todas la clausura aquí en convento…

-No madre…

-¡No se hable más!… que no me acuerdo de lo que sigue… y ve con Dios.

La joven novicia llora. Llora desconsoladamente en la oscuridad del reclinatorio, y de tal guisa sale al exterior, a la radiante colina, acompasando su llanto a los acordes de un violín que ya suena de fondo. Y sus lágrimas se convierten en palabras, haciendo de su cara mojada una sopa de letras que canta…

Edelwisse… Edelwisse… every morning you greet me… small and white, clean and bright… you look happy to meet me…

Y con su última palabra pronunciada, se vuelve, mira una vez más la abadía que deja a sus espaldas y a sus hermanas tristemente disfrazadas en albo y bruno, y susurra…

-“Adiós, sagrada familia”

De nuevo, la azorada novicia, mira de frente, y se encamina hacia el sol cegador… éste crece más y más y su resplandor, la ciega….

…Brigitte Tachenko, íntima de Pamela Morley exiliada en London, sibarita en la elección de sus amistades pero no tanto en la de los vinos que se lleva al gaznate, no alcanza a abrir los ojos al final de la avenida Diagonal, en la ciudad de Barcelona. El tropel que la acompaña la animan a que se espabile pero ella insiste con la confusión de sentidos “la música está muy alta”, y canta, casi ausente, en un idioma centroeuropeo Edelweiß, Edelweiß,..Du grüßt mich jeden Morgen…”

Toda ella es una flor austríaca en un concierto de hostias sonoras estilo tercer Reich. Una especie protegida por un narcótico ilegal barato y desconcertante. Una gimnasta de la noche que señala un enorme rascacielos -que no podría ser más industrial- y añade “Ésta es la sagrada familia”, intentando ser la virginal institutriz de sus propios amigos, confundiéndolos con los rebeldes Von Trapp: Friedrich, Louisa, su propia hermana Dora convertida en Gretl y haciendo de su desconocida amiga de los Apeninos una pequeña Brigitta alpina.

Y nada parece hacer que nuestra cosmopolita amiga se desprenda de su epopeya como devota fräulein hacia las montañas suizas. Ni siquiera el dominó de náuseas que inicia Electra Kierkegaard, continúa Dora Tachenko y concluye un espontáneo con vómito real sobre la pajarita del infame Lazlo Griebb.

-¡Lazlo Grieb!

Pamela Morley se despierta sobresaltada en medio de la noche, sudando burbujas de champagna. Está alojada en la mismísima Pedrera, en el lujosísimo apartamento de Thelma Ridley y su joven amante, ya prometido, Pasteur.  A fuerza de los excesos de Pasteur en Metropolis, la Ridley deja los suyos, y ambos deciden trasladarse temporalmente a la Condalía y tatuarse en el hombro el Yin y el Yang. Pamela que arrasa con todo, escucha sus consejos aunque no los sigue, y como de costumbre se acuesta ebria, oliendo a Tom Collins. Y ha tenido una pesadilla. Un lance pastoril importunado por una nebulosa viscosidad que le lleva a ver a sus amigos en problemas: el vendaval de vómitos, la desorientación de Brigitte, la religiosa que es como el misterio de la trinidad: gimnasta, escritora y monja, todo junto y en un popurrí tirolés… Con lo bien que estaba la Morley dormidita pegada a Casanova, divagando en el…

Érase una vez una dulce muchacha que pacía alegremente en provincias con su hermana y primas. Podría decirse que se criaba a monte. Jugaba a los piratas en una pasarela improvisada con la que también perdía la virginidad. Simulaba hacer de las acelgas tiernas silvestres filetes un día, y papel higiénico al otro, y de vez en cuando llevaba cántaros de agua fresca a su santo padre que se entretenía amansando gatos sin dueño….

Y de repente, la ya mencionada nebulosa viscosidad. La telaraña a través de la que llega a Barcelona. ¡Qué es esto! ¡Es la pasta del Qatar! ¡No, es la red que me lleva a Lazlo Griebb y a mi pesadilla! ¡No….! ¡No…no…no! ¡La telaraña es real… es… es… es… una enorme flema pegada en la almohada! ¡ahhhhhhh!

(Pánico)

… sólo hay una respuesta posible y lógica de tal acontecimiento teniendo en cuenta que hablamos de esta pareja casi perfecta….

… Casanova, al rescate de la pesadilla de Pamela, se ha convertido en Spiderman…

-¡Mi héroe! 

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La venganza de la abeja reina

Una semana más transcurre en la revoltosa ciudad de Metropolis. Pamela Morley, bullanguera donde las haya, se deja abrazar por la primavera. Respira el abono con el que recientemente han resembrado los jardines y se pregunta si en el compost que utiliza el ayuntamiento de la ciudad formarán parte los escasos residuos orgánicos de su living, porque cree recordar que Markshire no suele identificar bien las distintas categorías del género basura. Sus dificultades residen especialmente en distinguir entre el bote de un yogur, y la monda de un plátano. Primavera… observa como las mimosas de estaciones más frías dejan paso a las delicadas flores pastel con las que Casanova rellena los jarrones del salón. Escucha las risas de las jóvenes de los colegios privados de su selecto barrio, que lucen unas piernas sin medias, preludio de períodos más cálidos, y de coitos menos aparatosos. Y se detiene ante las narices enrojecidas de los viandantes con alergia que silban a su paso. Juega con las abejas que tratan de crearse un nuevo panal en su magnífica terraza animadas por el cambio de estación. Y se ve a sí misma veinte años atrás, embriagada por los zumbidos de una colmena deslucida, tirada en el patio de atrás de la masía de los Morley, y recuerda su imagen infantil, eliminando a la abeja reina de una pisotada. “Macaulay Culkin, va por ti, y por esa chica que no te quería”. Y añora la adrenalina que le proporciona ese pueril asesinato. Vida y muerte en la frontera de la estación.

Respira hondo… por todos lados prolifera un espíritu regenerador. Ganas de salir a la calle en las horas diurnas, de abandonar el malditismo invernal, de purificar el alma con la luz proveniente del sol, la piel con autobronceadores de alta gama, el organismo con antiestamínicos, y en el hogar renovar las alfombras.

Con este afán vespertino, Pamela en compañía de Casanova, se acerca a una superficie comercial de las afueras del núcleo urbano. Se dispone a comprar una aspiradora, para, por una vez, aunar su espíritu al del ciudadano de clase media, y sentir, que en su vida también pueden existir la vulgaridad y el reino de lo común en un momento dado. Sí, le apetece experimentar entre las miserias de lo cotidiano. Le hubiera gustado enviar a Ezequiel a por tal adquisición, pero había decidido darle unas vacaciones prolongadas. Ahora ya tenía novio, y podía explotarlo a gusto. Además, Shirley, su sirvienta filipina, no dejaba de presionarle para que comprara una vorwek, tecnología alemana de lo más puntera. “Estos chinos y sus excentricidades… démosle por el gusto”.

Campando pues como una rata de centro comercial se topa con una señorita que le da un vale de participación en un sorteo de vete tú a saber qué premio. Pamela, salerosa, la increpa “A ver si me haces un cohecho y me toca el gordo, que a nosotros los ricos, nos pone a cien ganar cualquier tontería, por barata que sea”. Y piensa en su amiga la Lomana, y en aquellos que son más ricos que ella de bolsillo, aunque no de espíritu. Y piensa en las excentricidades de las damas del té, y de cómo se pelean por la fruslería de print de leopardo de la temporada, que está de saldo en la carísima boutique Ekseption. La muchacha sonríe, no es común ver una mujer de tal porte por tales lares, y la escena parece la de una trivial comedia.

La noche cubre con su manto de aullidos infernales el sueño de la pareja. Se trata de los animales en celo. Las zorrupias de la noche andan sueltas y la Morley en sus sueños pone a Casanova un candado. Y llega de nuevo el día, y como no, suena el teléfono. Los seres de luz llaman a Pamela como si ésta fuera agua de mayo.

Ring ring… suenan los tonos. La heroína trata de regocijarse en los olores del café ya servido en la camarera rodante. Shirley lo tiene todo preparado. La leche tibia, los croissants impregnados en melaza. Pobre mujer, está contentísima con su nuevo aparato: su nuevo Toyota de la pulcritud. Su tercer pie, o pie del equilibrio, porque de pequeña le moldearon los pies hasta dejarlos en diez centímetros. Por suerte en manos de Pamela Morley cayó una enciclopedia de costumbres asiáticas, y así es cómo, con su privilegiado intelecto lidia con los ánimos de aquellos que vienen de más allá del Cáucaso ya sean chinos, japoneses, filipinos, o camboyanos.

Dicho esto volvamos a la mantequilla. Fallece María Schneider y Casanova quiere hacerle un homenaje, pero la suite va a ser profanada con Shirley y su arsenal de glicéridos al otro lado de la puerta. “¡Señorita Pamela, el desayuno! ¡Y su corpiño de época ya está listo para que le amarre bien sus enormes pechos con cordones!”.

Ring ring de nuevo… ha llegado la hora de responder.

Casanova se cubre los genitales con su batín de seda,  y dedica un guiño a su Pamela, mientras abre la puerta a Shirley, y pela con aire exótico una banana.

-Pamela al aparato…

-Hola señora, ha ganado ud el premio del centro comercial Pinar de las Rozas.

-¿Yo? Imposible! ¡nunca he estado en ese centro!

-Sí señora sí, le dimos una tarjeta gris…  ¿me permite su nombre?

-Sí, Morley, Pamela pero… ¡ qué emoción nunca antes me había pasado algo así! ¿Y qué he ganado?

-Muy querida señora ha ganado usted…¡Un magnífico servicio de limpieza en seco! ¿Tiene usted alfombras? ¿Sofá?

-¡Quéeee! Pues sí… sofá de piel de mamut y alfombras persas importadas…

-Vaya con la señora, pues nada, esta tarde estaremos en su casa, con usted, y con su marido, ¿cómo se llama él?

La duda acerca de si el marido es un requisito sine qua non para recibir el premio hace que de su boca salga…

-Casanova, Andrea

(y su miembro ya no intenta asomarse de entre el batín de seda)

-¡Pues estupendo, aquí estaremos!

Estupor. Entusiasmo. Esperanza de que un mundo mejor es posible. Un mundo más limpio, sin duda. Pero allí estarán como un clavo, a las cinco de la tarde, para ver si son capaces de mejorar el trabajo de la magnífica Shirley que escucha la conversación alarmada, escondida tras la camarera con ruedas, camuflada, como sus propios pies.

Pasa la mañana y llega pues el momento del podio, pero de lo que allí sucede…

Alguien llama a la puerta. Se trata de un varón. Rubens Polvera. De complexión fuerte, y con un traje de imitación Carolina Herrera de los peores que Pamela Morley haya visto. Eran mucho mejores los que uniformaban a los hermanos de Shirley en la comunión de su hija menor, sería que los habían confeccionado ellos mismos, y éste lo había dejado de mano de un clandestino desconocido. El caso es que el varón entra, cargado de cajas, las tripas de su supuesta máquina del futuro. Pamela se extraña de que venga a limpiar así de engalanado, porque de hecho, ella es la única del barrio que tiene una sirvienta uniformada en el más estricto estilo inglés, pero pese a todo, lo acompaña a la zona de las alfombras para poder seguir con sus quehaceres. Imagina que les harán una foto para la pared de los ilustres del centro, y ahí quedará la cosa. Pero resulta que la cosa no iba por ahí. El tal Rubens comienza su cantinela. Sus dos horas de discurso en las que promociona un aspirador fabricado en la mismísima Nasa, que engulle ácaros invisibles, y acaba la faena doméstica en una apoteósica fiesta de la espuma. Sólo lleva quince minutos hablando y Pamela Morley no puede más. No puede creer que se haya escapado de la editorial dos horas antes para presenciar tal broma pesada. Esas dos horas de engaño se convierten en tangenciales. Está a punto de mandarlo todo a paseo, pero ve a Casanova emocionado con este suceso extraordinario que ha venido a parar a sus vidas, así que descruza las piernas y se pone en un asana que permita que la sangre fluya, toma energía del aire “Prana prana prana…”. Pero nada. Quiere asesinarlo. Resulta complicado entrar en armonía con la naturaleza en la posición del loto sobre cojines de elefante muerto. Se deja llevar pues por la sed de mal y entonces, resuena el zumbido en su cabeza…zzzz… es la venganza de la abeja reina… la deja salir. Y, mientras Rubens Polvera sigue con su rollo, y mientras Casanova trata de embaucarlo con éxito para que pruebe el sofisticado electrodoméstico en camas, encimeras, alfombras y poltonas, de repente, un enjambre de abejas, acude al rescate de Pamela Morley en tal absurda situación. Y se cuelan desde la terraza, y montan una improvisada colmena en el tejido de la hamaca, y Pamela Morley, inocente, casi sonámbula por el olor a miel, les abre el ventanal a la par que recita “Vengo en son de paz… vengo en son de paz…” y entonces, la abeja reina la enfrenta, y apoyada en su nariz le dije “Pamela, mi nombre es Íñigo Montoya, tú mataste a mi madre. Pero no te voy a matar, pinchándote con mi espada, porque si pierdo el culo muero yo, así que por esta vez te libras, japuta”.

Lo que sí ocurre, es que Rubens Polvera huye espantado por tanto espiritismo, sin haber vendido el aparato que hubiera dejado a Shirley sin trabajo, y mientras Pamela Morley vuelve del coma animada por los apasionados besos de Casanova, la filipina apaga el sistema dolby surround del estudio del que se escuchaba el doblaje en español de “The Princess Bride”, y se quita el atuendo que llevaba de árbitro en gualdo y negro, poniéndose de nuevo discretamente la cofia.

…Le voilà, ce voyou,

Au son d’ l’accordéon

Qui court le guilledou

En poussant la chanson.

Entend comme ça chahute

Dans tous les palpitants.

L’hiver se tire des flûtes.

Enfin le printemps…

 

 

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Pamela Morley en… Fenómenos Increíbles

El placer de viajar… Pamela Morley escribe estas líneas mientras se deja transportar en los lujosísimos trenes de alta velocidad que conectan Metropolis con la capital del que algún día fue un Imperio Visigodo, o eso le han dicho… pero no pone la mano en el fuego porque…para qué.

Durante el trayecto, la escritora hace acopio de hazañas para dar de comer a sus ávidos lectores carne de Pamela, magro de Morley, y/o manteca refinada. Entre estas aventuras, se mezclan el hoy y el ayer, como la noche y el día y el reino de la arbitrariedad, ese amable amparo en el que le encanta campar como vaca mansa.

Y entonces divaga y divaga y se pregunta Pamela, en relación a una foto que recientemente ha llegado a su inbox, como es posible que, siendo niña, anhelara secretamente aparecer en los créditos finales de un programa de TV como era el famoso Achucha Park, grafismos destinados no a aquellos que hacían el programa sino a los pequeños espectadores, posibles ganadores de una minicadena. ¡La minicadena que le permitiría hacer los mejores playbacks de todo el cole, qué digo, de todo Barbantia! (la Pamela Morley de diez años aprovecha este hito para decirle a todos aquellos que plagiaron sus bailes de los Beach Boys en otros colegios religiosos: ¡Lo sé… y vosotros también lo sabéis! ¡El copyright es mío!)

Volvamos a los anhelos de Pamela ¿Quizá deseaba secretamente trabajar en la televisión? ¿Sigue siendo Pamela la soñadora de entonces? Porque… ¿cabría la posibilidad de que las palabras “Pamela Morley” aparecieran al final de un programa producido en Brasil? ¿Sigue siendo nuestras heroína aquella que algún día creía en milagros tales como aparecer entre los premiados de algo que exigía una llamada previa on air, que nuestra Pamela nunca llegó a realizar? ¿O es acaso Pamela Morley una milagrosa realidad?

Quién sabe de los orígenes de Pamela… enlacemos pues con otro suceso increíble, casi paranormal, que atañe a la concepción de nuestra heroína, a la que vemos, caminando entre lágrimas en la villa termal, indagando sobre su origen… y ahora es cuando el lector descubre que ¡Pamela es fruto de un affaire de Dolores Morley née Tsa Tsa con el portero del Coren Orense!… … ….pues no. Y los lectores sabrán porqué es hija de su padre en la tercera anécdota de este relato, en la que conoceremos la verdadera idiosincrasia del patriarca de los Morley, y la profunda influencia que ésta ha dejado en Pamelísima y su surrealista existencia.

Pero volvamos a la milagrosa existencia de Pamela Morley, anécdota nº 2 del presente escrito. “…Lloraba Pamela por la villa termal tras haber descubierto su dramática venida al mundo, que tendré a bien relatar en modo diálogo…”

MARGARITA TRUCK TRACK (prima de esencia tropical, que, como su propio nombre indica, algún día hubieron de arrastrarla como un remolque para hacer algo de su vida que no fuera menear su culo alegremente por la ruta del bakalao, y que afortunadamente hoy, tiene la tenacidad y fuerza arrolladora de un camión de granos de arroz, y a la que Pamela quiere mucho, así que no le replique lectora, ya le dirá lindezas cuando la invite usted al chalet levantino):

¿Prima Pammy de diez largos años, tú sabes cómo se hacen los niños?

P.M (a este punto ya no se atreve la escritora, por pudor y vergüenza, a decir a quien pertenecen las siglas): Si… los trae la cigüeña…

PRIMA MARGARITA: ¿Qué?.. ay, yo no sé cómo será en España, pero en Caracas, no es así… en Caracas, la pocheta de la mamá se une con el pipí del papá, y así se hacen los niños…

Y aquí es donde P.M, alumna de una escuela religiosa, celosa de su pocheta, llora por una villa termal hasta que llega a junto su hermana Illuminata Morley, de aguzado ingenio, y a la que P.M. hace la misma pregunta que minutos antes le hiciera su prima… y responde Illuminata Morley, insisto, de aguzado ingenio, y de segundo apellido “Estupor”: “Pamela, querida… ya sabes que tu prima Margarita siempre miente…”

¿Seguirá siendo Pamela Morley la misma inocente? ¿Transparente en sus emociones? ¿Tan inquisidora en sus averiguaciones que siempre pide una segunda opinión? ¿Existirá en un futuro un blog de cochinadas escrito por una persona de una ingenuidad y pureza sin igual? (y no estoy hablando de Cento colpi di Spazzola, de Melissa P, aunque, ¡¡EL NOMBRE ES UN ANAGRAMA: Melissa P= MP, Pamela Morley=PM!!).

En esta ocasión, P.M. prefirió quedarse con la versión de los hechos de Illuminata Morley, mujer de ciencia, mujer de sapiencia, y no buscar el refrendo de su padre, Terence Morley, tan excéntrico como la mismísima Pamela, y que nos conduce, como antes citaba, a la anécdota nº3 de este texto.

Pamela Morley está en la playa, es teen e intenta que no le toque ni un grano de arena, así que a duras penas consigue mantener el equilibrio en la toalla. Dolores Morley née Tsa Tsa toma el sol, Illuminata hace un sudoku, cuando aún no se llamaba sudoku tal ejercicio, y Terence Morley vaga por el paseo marítimo, se sienta en el rompeolas, comparte conversaciones con los senegaleses que venden pulseras, bombines, y colecciones de animales infectos de carcoma.

Entonces en una de estas conversaciones extracomunitarias en las que el patriarca pregunta al Ibrahim de turno de dónde viene, en qué medio de transporte ha llegado hasta la playa de Samil desde su país desolado, o el porqué los cuernos de los elefantes son sagrados… decía, en un momento dado, el padre entona su melodía…

Terence Morley: ¡Pamelaaa!

P.M (en su cabeza, ¡Por favor que piense que estoy dormida!)

T.M (incansable): ¡Pamelaaa!

Dolores: Pammy hija, ve a ver qué le pica a tu padre…

Pammy se levanta y se arrastra con toda su adolescencia hacia su padre. Éste, la presenta orgullosa. Ibrahima ruega:

“Por favor, llévatelo contigo de paseo, anda chatina…”

Terence Morley ríe. Ríe descarado. Alegre, con ese candor del que escucha cómo suena su propio pedo, y cuyas carcajadas son su eco impune, y entonces, como si eso no fuera ya un mundo para una Pamela púber, el patriarca da su estocada:

“Calla tontolaba calla, que aquí el que está de más eres tú y no te digo nada… y tú, hija mía, coge esa bolsa de plástico que rueda por el suelo, y dámela que ahora mismo improviso un bolso playero de marca Gadis fe-no-me-nal”

Y con dos cojones (¡qué osadía de palabra!) se lo planta en la cabeza. Y este episodio se convierte en una constante en los veranos de los Morley hasta que esos estíos se acaban porque Pammy se hace mayor y heredando la desvergüenza de su padre, se va de la playa de las familias a la playa de los jóvenes a ponerse en topless. Y este pequeño incidente reiterado, forja el carácter de Pamela, y le vale muchas de sus fobias y follies futuras.

Acaba el trayecto del tren y a Pamela parece que se le acaban los cuentos, y el cansancio del viaje le hace sentirse más como lo que es, o algún día será, una de esas ancianas de provincias, turistas en el ámbito de la comida precocinada y el tetra brick, conducidas por el autobús de Cocoon a una enorme superficie comercial un domingo cualquiera, y tan contenta. Y cuando por fin toca tierra firme, y se sienta en una terraza con Casanova, y ve pasar una bolsa de superficie comercial que rueda como una bola de heno de Texas, siente que las locuras narradas empiezan a tener sentido, y más, cuando la realidad les coloca bajo el asedio de un psicópata de verdad, un individuo que no habiendo podido crispar los nervios de Casanova con su actitud desafiante y sus insinuaciones a Pamela, decide enfrentarse a la policía que viene al rescate de la pareja, mientras los hosteleros de la zona hacen de improvisados guardaespaldas, los mecánicos de la riberita ejercen como verdugos del nuevo loco del barrio, y Pamela escucha a sus espaldas como el tal pirado que se da a la fuga susurra “Gallega… búscate un español”.

Es entonces cuando Pamela Morley, alarmada por las destrezas ortofónicas del chalado, y especulando acerca de su posible cuerpo flotante, difunto, en el río de Metropolis, consecuencia de un crimen claramente sexual, pregunta al cuerpo policial “Señor agente… usted que ha despojado de su dni al pobre diablo mientras lanzaba sus posesiones al aire…¿se trata de algún residente de nuestra selecta urbanización?” Y dice el señor agente… “En efecto señorita, contrastando ambos documentos, el suyo, y el del denunciado, evidencio que se trata de un vecino, de su calle de atrás…”

Pamela: ¡Oh vaya!

Casanova: ¡Lo mato!

Es entonces cuando Pamela se da cuenta de que el hecho de que Casanova viva en Chez Morley ya no es una opción… es una necesidad.

Y así, enlazando sucesos increíbles, y atando cabos, y siguiendo el curso arbitrario de su atolondrada cabeza que la escritora intenta continuamente convertir en acta, decía, así es como Pamela Morley le cuenta al mundo… que vive en pecado.

Gira il mondo gira nello spazio senza fine…


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